jueves, 30 de octubre de 2014

‘Halloweenmanía’ o el terror como negocio


Esta celebración, que en países como Estados Unidos y Canadá desata el delirio colectivo, era hasta hace no mucho exclusivamente anglosajona, pero se ha ido extendiendo igual que una pandemia y hoy día es un fenómeno con el que hacer caja a lo bestia en la mayor parte del mundo occidental.

En España, sin ir más lejos, la fiebre de la calabaza diabólica ha calado hondo. Sobre todo, entre los niños. Estos contemplan la iconografía del terror con la lógica fascinación que produce lo prohibido, y más aún si viene envuelto en bruma y misterio y suena de fondo Tubular Bells.

Las tiendas de disfraces hacen su agosto a finales de octubre (los bazares chinos durante todo el año, si bien en estas fechas un poco más), y las discotecas, que no están pobladas precisamente de infantes, tienen en la noche de Halloween el reclamo perfecto para que tanto las parejas que ya lo son como las que pronto lo serán se muerdan el cuello con la misma naturalidad con la que bailan o agotan sus copas.

Pero qué quieren que les diga. Con la que está cayendo en estos momentos entre Francia y Portugal, disfrazarse de zombi o de asesino en serie con máscara de portero de hockey casi resulta un mal chiste. Me refiero a que escándalos como el de las tarjetas black de Caja Madrid y Bankia (15 millones de euros fundidos en chuminadas varias, incluidos masajes filipinos, lencería fina y no tan fina y sistemáticas retiradas de efectivo), o el del medio centenar de detenidos en la llamada Operación Púnica, una estafa que ronda los 250 millones de euros en adjudicaciones públicas, meten infinitamente más miedo que las tropecientas mil entregas de Viernes 13 y Pesadilla en Elm Street juntas. Y amenazas reales como la del ébola nos hacen ver la licantropía y el vampirismo como una de Jaimito, cuando no como una suerte de coraza que ojalá nos sobreviniera. Sí, porque nadie en su sano juicio renunciaría a poseer la sabiduría, la fuerza y el poder de seducción de un chupasangre, y menos aún a la inmortalidad. 


Habrá que ir afilando los colmillos, no obstante. Tal y como está el patio, cualquier día de estos la calle explota y esta democracia que tanto costó conquistar, y de la que presumimos más que preservamos, puede quedar seriamente tocada.

Nuestros gobernantes, que siguen a por uvas y con el móvil apagado, le están poniendo una alfombra roja a un partido político que todavía gatea pero que ha tenido el acierto de dar un diagnóstico preciso sobre los muchos males que nos asolan; de verbalizar, con voz grave y nada titubeante, lo que decenas de miles de ciudadanos al límite estaban deseando escuchar. Por más que la receta que proponen, y que publicitan como una panacea y un invento posmoderno, sea un fármaco caduco que no solo ha fracasado en todo el planeta, sino que ha generado mucha más injusticia y tristeza que bienestar y dicha.

El Mal, el auténtico Mal, el que de verdad acojona y pone el vello de punta, se mete a diario en nuestras casas a través de la televisión y el ordenador, y lo hace a pleno sol; disfrazado con traje y corbata de las mejores marcas porque corre por cuenta del atribulado contribuyente. Y el resto no es más que folclore y literatura. Negocio, sí, y de lo más burdo, pero no estafa.

Una vía de escape y hasta una bendición, visto lo visto.

P. D.: Alguien debería obligar a nuestro presi a verse en el vídeo de abajo, una declaración de intenciones que se ha quedado en un simple brindis al sol. Como tantas otras. Ha transcurrido un año, pero parece de hoy mismo. «No me temblará la mano». Pues eso. Como dijo aquel sabio que estuvo en Bosnia: «¿Quién me (nos) pone la pierna encima?».


 





 







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